Así luce el cine indie

Fotografies d’Axel Casas

Muchas veces, cuando hablamos de cine, no entendemos lo que queremos decir con esa palabra. Hablamos de la historia del cine, de los cines o de directores de cine, pero todo eso solo pasa por una vaga idea de ver películas —algunas más logradas, otras menos. Sin embargo, muy difícilmente se va a traspasar la primera impresión que nos viene a la mente. Yo era de esos, y seguramente lo sea aún, pero desde que he tenido la suerte de participar como foto fija en varios rodajes de bajo presupuesto, he entendido que a veces la magia del cine es más bien una pesadilla de cansancio, pocas horas de sueño, comidas rápidas y a destiempo y curro a contrarreloj. En pocas palabras: que si eres un cineasta joven, lo más posible es que tu vida se parezca más a la de Joe Swanberg, grabando seis pelis por año, que a la de cualquier otro.

Yo conocí a Pol a través de un amigo que conocí por otro amigo. Este primer amigo, Jordi, me había hablado de un colega suyo que estaba rodando un corto sobre la Guerra Civil, y le había pedido ayuda técnica sobre cuáles eran los mejores perfiles de color y cuáles tenían más rango dinámico. No os aburro con eso. La cosa es que, una tarde en la que acompañé a Jordi a grabar árboles con diferentes perfiles de color y diferentes compensaciones de exposición —suena emocionante—, le comenté si podía pasarme por el siguiente rodaje, que estaba previsto para unas semanas después. Obviamente, me dijo que hablase con Dani, el director, y que se lo comentase a él. Y así hice. Y ahí empezó mi andadura entre cámaras, actores, maquilladores, siempre con mi pequeña Fuji en busca de una buena foto.

Ese primer rodaje tuvo lugar en noviembre, en Lleida. Tuvimos que estar en el spot —unas trincheras de la Guerra Civil en medio de un descampado, donde el único rastro de civilización a la vista era un campo de tenis, que estaba justo al borde de antes de que el camino que nos llevaba al sitio desapareciera para dejar sitio a un “sálvese quien pueda, pero nosotros tenemos tracción 4×4”— a las seis de la mañana. Yo me acuerdo de que fue la primera vez en mi vida que llevé chaqueta térmica, una antigua de mi padre, de las de ir en bici, con reflectantes y todo. En definitiva, que, de no ser por las temperaturas bajo cero, no hubiera habido justificación posible para semejante horterada. Pero la bendigo, no vamos a mentir. Lo más gracioso de todo esto es que ahí conocí a Pol. O se supone que lo hice, porque sinceramente (lo siento, Pol), no me acuerdo. Lo único que recuerdo es que, en el siguiente rodaje, ya por marzo —gracias al plan de rodaje por librarme de tener que llevar esa chaqueta de nuevo— me estaba preguntando: ¿Este estaba en el rodaje anterior? A lo que me respondía a mí mismo con un “tenía que estar, porque Dani le está haciendo referencias al día de Lleida, pero ni idea”. Como no podía ser de otra forma, saqué el móvil del bolsillo, entré en mi Amazon Fotos y revisé las fotos del primer día de rodaje para descartar la idea de que todo fuera una suerte de complot contra mí. Había dormido muy poco.

A partir de ese incidente se fue desarrollando una amistad con Pol, primero profesional y luego ya personal. Soy una persona muy tímida, así que es muy posible que te esté haciendo fotos y mirándote mientras pienso “vamos, háblame, no esperes que yo lo haga, porque no lo haré”. La cosa es que Pol era el protagonista del corto, así que saqué muchas fotos de él y, por la cantidad que ellas que subió a su Instagram, deduzco que le gustaron. Después de eso, ya terminado el rodaje del corto de Dani, Pol me invitó a hacer la foto fija de una escena de acción que iba a grabar: trataba sobre él rescatando a una chica en una furgoneta mientras se saltaban controles fronterizos en Burkina Faso. El rodaje iba a tener lugar en un aeródromo perdido en el norte de Cataluña, en un sitio que, literalmente, por su flora podía ser Burkina Faso. Y por si todo esto sonaba muy amateur, iban a hacer despegar una jodida avioneta para una escena. Todo se rodó en un día, como estaba estipulado, y la mayor parte de la mañana me la pasé comiendo bollitos de Nutella del catering mientras estaban grabando escenas dentro de la furgoneta. Durante la tarde se grabó la entrega de la chica al piloto de la avioneta, el despegue de la avioneta y cómo Pol se liaba a tiros con dos militares del control fronterizo. Fue todo muy divertido y cansado, a partes iguales, pero saqué buenas fotos y ahí se afianzó mi confianza como fotógrafo de set.

Después de eso, que fue en mayo, solo vi a Pol una vez más, en otro rodaje que estaba dirigiendo uno de los actores del corto de Dani, esta vez trataba sobre dos hermanos en el medievo que acababan luchando entre sí. Después de eso no volví a ver a Pol hasta que, un día de octubre en que estaba yo en una hora muerta en un banco de la universidad leyendo el último libro de Sally Rooney, Pol me mandó un mensaje. Me comentaba que había un festival de cine en Mallorca que proponía una competición de cortometrajes rodados en 48 horas. Para asegurarse de que no fueras con tu corto rodado previamente, te daban una frase, un objeto y una temática que debían salir. Podías tener suerte y que encajara con algún corto que ya tuvieras pregrabado o podías no tenerla y que tuvieras que descartar tu idea de meter a Julio César pidiendo un frapuccino doble en el Starbucks. Se ve que este tipo de festivales es muy popular, pero yo en ese momento no tenía ni idea. Pol me comentaba que estaban buscando equipo humano para el rodaje —obviamente, todo sin remunerar— y que si estaba libre para hacer la foto fija del corto. Me hizo muy feliz saber que me lo había preguntado a mí directamente antes de poner un anuncio en Instagram o Facebook, así que repasando rápidamente mi agenda mentalmente y ganando algo de tiempo para asegurarme, le respondí que se lo confirmaría en una hora. Lo único de lo que tenía que asegurarme era de no tener nada ese finde, porque, por supuesto, el rodaje implicaba quedarse a dormir en su casa para aprovechar al máximo todas las horas. A los diez minutos le mandé un mensaje diciéndole que sí, que contase conmigo y que me contase el argumento que tenían en mente, a falta de conocer las premisas —que se entregaban el viernes a las siete de la tarde— dando así cuarenta y ocho horas para que el domingo a esa misma hora se entregase el corto. No voy a destripar aquí el argumento, ya que prefiero que —aún sin saber si cuando esto se publique el corto ya será público— lo veáis vosotros sin ningún adelanto.

Pues ahí estaba yo, un viernes en el tren de las 17:52 h, de Manresa a Barberá del Vallés. La única sensación que tuve en el tren no era de emoción o nervios, sino más bien una recurrente lucha entre “te has dejado algo” y “te has pasado con la comida”. Llevaba la mochila que usaba en los primeros años de la universidad (cuatro años después me sigue maravillando la cantidad de cosas que caben ahí). La mayoría de lo que llevaba era tecnología, mayormente cables y cargadores —siempre uno de repuesto porque aunque no me ha fallado nunca un cargador en la vida, quién sabe cuándo el destino se pondrá graciosillo— y también mucha comida: un arroz con pollo precocinado de supermercado, un táper de pasta, otro de arroz, una tortilla del tamaño de una raqueta de tenis, también de supermercado, y algo más que ahora no recuerdo. También llevaba la tote bag para tener más a mano las cosas imprescindibles que pudiese necesitar durante el rodaje y así no tener que cargar con la mochila todo el día. 

El tren llegó a la hora y me bajé. Solo había bajado una vez en mi vida en Barberá y era para que mis padres me recogieran para ir a Barcelona después. Lo único que recuerdo de ese viaje es que estaba leyendo Juego de Tronos y que hubo follón entre el revisor y un chaval que no había pagado el billete. Emprendí mi viaje hacia casa de Pol, guiado por esta estrella de Belén moderna que llamamos Google Maps, según la cual estaba a ochocientos metros de mi destino. Esa distancia pronto cambió a un kilómetro y algo y me di cuenta de que se debía a que había salido por el lado de la vía que no tocaba y no había forma de rectificar sin dar un rodeo por donde Cristo perdió las chanclas. Así que fui caminando por una carretera sin acera que rodeaba la estación, luego intenté meterme por una colina para cruzar campo a través, ya que creía que iba a ahorrarme unos doscientos metros hasta que me di cuenta de que mi instinto de explorador está en fase embrionaria todavía y bajé para volver al asfalto. Luego bajé por unas escaleras en las que había unos chavales a los que corté su momento romántico y luego desbloqueé la pantalla del móvil para ver que ya volvía a estar en el punto en el que me había equivocado.

Llegué a la zona indicada sobre las siete, más o menos: era una especie de urbanización con un parking estilo supermercado en el centro. Me recordó mucho a la zona donde estaba el hostal en el que me alojé este verano en Luxemburgo. Para continuar con mis desventuras, según Google Maps había llegado a mi destino, pero no veía a Pol por ninguna parte, me metí en el grupo de WhatsApp en busca de algún mensaje que me indicase el portal. No había ninguno. Así que tomé una foto de donde estaba, y se la mandé a Pol con el texto “estoy aquí”. Lo gracioso de todo esto fue que mientras esperaba respuesta me puse a caminar un poco y voilà, me los encontré justo en una entrada que había a unos cinco metros. Ahí estaban Pol, un chaval que luego me presentaron como el director y dos chavales más apoyados en un coche negro. Los saludé a todos y le dije a Pol si podía dejar mis cosas dentro de la casa. Las dejé en el sofá y me quedé sorprendido por la cantidad de gente que puede albergar un comedor tan pequeño sin llegar a generar ni un ápice de claustrofobia. Con la cámara ya en mano empecé a saludar al resto y volví afuera, donde estaba Pol, el único al que conocía. Cuando salí vi que los dos chavales que estaban apoyados en el coche ahora estaban moviendo maletas de fotografía del maletero y hablando de lentes, así que me acerqué y para justificar mi presencia allí solté una “curiosidad de friki”. Empecé a tomar algunas fotos pensando ya en este artículo: tomé unos robados de Pol apoyado en la escalera de su casa, unos del director de fotografía riendo con su gorra negra y otro de una chica que no conocía. Más tarde estas últimas fotos las desecharía porque la luz ya era muy escasa. Volví dentro con la intención de tomar algunos robados más y vi que todos estaban reunidos en los escasos metros que hay entre el comedor y la terraza. Algunos estaban fuera en alguna repisa de cemento que había, otros apoyados en la barandilla de la terraza y los dos actores en el marco de la puerta. Me acerqué sin decir nada y empecé a tomar robados. Es obvio que me vieron, pero ni se inmutaron, así es como trabajo mejor. Después volví al portal para encuadrarlos desde dentro usando el marco de la puerta que separaba el recibidor del comedor y así crear un frame dentro de la propia foto. Seguí deambulando entre el comedor, la terraza y el recibidor en busca de nuevos encuadres o personas. Luego tomé algunas fotos del productor que estaba preparando la claqueta y de uno de los actores que se estaba probando una máscara de luces led para una de las escenas. 

Al cabo de media hora, fuimos a grabar la escena prevista para esa noche. No era tarde pero ya era oscuro, así que nos servía. La escena iba a tener lugar en un polígono que estaba a escasos cinco minutos de la casa. Era un polígono como os lo imagináis, con las cosas de polígono y con esa luz amarilla que cabrearía al mismísimo Buda, si Buda fuera fotógrafo. La escena que se grababa era la primera —no la primera en grabarse, sino la primera del corto, la que daba inicio; cosa que no siempre pasa, ya que muchas veces el orden de grabación no es el mismo que el del corto— y básicamente iba a ser sencilla. Pero en el cine indie no hay nada sencillo. Y menos de noche. Lo primero que hicimos, y digo hicimos porque me enchufé ahí, de mala manera, con Pol y el director de fotografía (de ahora en adelante, DoP), para buscar qué calle del polígono era la más adecuada para grabar, ya que en la que habíamos aparcado había un cartel de neón de un pub y una furgoneta aparcada de una empresa de inseminación artificial. Después de pasear por el polígono y ver que todo era igual de feo, decidimos que la parte final de la calle donde estábamos, donde había un pequeño parking de una empresa, no iba del todo mal, ya que había espacio para montar la iluminación y el fondo era bastante homogéneo. Pol y el DoP se fueron a casa a por el “papeo” y yo me quedé con un pequeño grupo formado por uno de los actores, la chica de producción y la primera ayudante de dirección. Me limité a escuchar hasta que la ayudante de dirección me preguntó si era el de foto fija (supongo que la cámara al cuello le dio alguna pista) a lo que respondí que sí y me dijo, medio bromeando, que era de mí de quien tenía que huir. Yo reí ligeramente y no dije nada más. Estuve un buen rato escuchando las historias del actor, y la única que recuerdo es una sobre cómo este verano que viene volvía a Almería a rodar la última parte de una trilogía western que se había iniciado años atrás. Cuando Pol y el DoP volvieron, movimos las cosas —coches incluidos— hacia el spot donde íbamos a grabar.

Una vez allí, doscientos metros más abajo de donde estábamos, el equipo técnico se puso manos a la obra. Unos montando cámaras, otros trípodes, otros focos y yo iba de un lado a otro como una bola de pinball intentando sacar alguna foto buena. La verdad es que la luz era realmente escasa y las situaciones tampoco eran, aquello que digamos, emocionantes. El único momento decente para tomar fotos fue cuando la maquilladora tuvo que maquillar al actor y le pusieron un foco detrás, creando así un contraluz que pude aprovechar. Como veía que las fotos no eran nada del otro mundo, me entregué a otra empresa, la de comer galletas de chocolate como cena. Cogí mi paquete del asiento trasero del coche del actor y empecé a comer, más que por hambre, por aburrimiento. Igual os pensáis que todo esto duró media hora o así, pero si no habéis estado nunca en un rodaje no sabéis lo que se tarda en montar el equipo. Se tarda bastante más de lo que uno imagina —o, al menos, más de lo que yo imaginaba antes de mi primer rodaje. Cuando, finalmente, ya estaba montado, y los focos colgaban de las farolas, aguantados por la fe que tenía el gaffer en sus bridas negras, empezó el rodaje. Esto no quiere decir que empezáramos a grabar, sino que se empezaron a hacer mecánicos. Estuvieron un buen rato decidiendo cuál iba a ser la trayectoria principal del actor, cómo iba a interactuar con el otro y otros temas que no pude entender por mi falta de conocimiento de la jerga actoral. Yo seguía comiendo galletas, pero esta vez estaba más centrado en no molestar a los actores y zigzaguear por las plazas de parking para evitar crear sombras indeseadas que en las galletas como tal. Cuando finalmente tuvimos el plano bueno —teníamos que asegurarnos porque no se podía repetir ningún otro día— el pánico nos invadió al ver una sombra rara en el coche. En ese momento, todos buscamos al culpable, intentando recordar quién estaba en cada sitio y quién se había interpuesto en la trayectoria de un foco led. Yo pensé: “Ya está, la has liado. No llevas ni un día aquí y ya te has ganado la antipatía de todos”. Pero luego, la maravillosa pantalla de tres pulgadas de la BlackMagic nos alumbró y vimos que la sombra era la del mismo actor, así que la toma era buena. El ambiente se relajó de forma considerable, como cuando te anulan un gol en contra en el descuento. Todos volvimos a respirar y volvimos a casa con el corazón por debajo de las cien pulsaciones.

Algunos, esa noche se fueron a su casa a dormir y otros nos quedamos en casa de Pol. Yo no cené y Héctor, el director, se hizo unas croquetas y un puré pasada la medianoche. No sé por qué, pero al ver eso me vino a la cabeza Jordi y pensé “es algo que él haría”. Estuve un rato con ellos charlando de no sé qué y me fui arriba, a la habitación de la hermana de Pol, a dormir. La habitación era grande, con una ventana al fondo y una cama que quedaba debajo, y estaba casi vacía, a excepción de un libro de portada roja en un estante que parecía que lo hubieran dejado allí expresamente para mí. Me metí en la cama, puse la alarma para las ocho y media —aquí no se concede ningún minuto extra al reloj— y me forcé a mí mismo a no enredarme en un scrolling eterno por las redes sociales, convenciéndome de que el día siguiente iba a ser un día largo y necesitaba estar a tope. Antes de dejar el móvil cargando sobre la mesilla de noche, volví a abrir la aplicación del reloj y adelanté la alarma a las 8:25 h. Había perdido la batalla, la adultez era esto.

A la mañana siguiente, Pol llamó a mi puerta a las 8:30 h y dijo con voz baja: “Son las ocho y media”. A lo que yo respondí: “Estoy”. No sé muy bien que quise decir con “estoy”; ¿estoy qué?, ¿despierto?, ¿listo? La cosa es que me invadió una sensación de satisfacción y de orgullo hacia mí mismo por haber adelantado la alarma cinco minutos, era como si dentro de mí hubiese empezado el día con una victoria al haberme levantado antes de que Pol hiciera su ronda matutina. Bajé a la cocina y me preparé un café soluble. Llevaba años sin tomar ese café y la verdad es que estaba mejor de lo que esperaba. Otra victoria. El día empezaba bien, y mejoró cuando encima de la mesa vi un paquete de galletas “Príncipe”. Me sentí como el ladrón que ve cómo los guardias abandonan el objeto de su vigilancia. Por un momento, la mayor obra de arte del mundo estaba al descubierto y solo tenía que echarle el guante. Después empezó a llegar la gente, yo seguía en la cocina; primero entró a saludar el DoP, que me habló con un extraño tono de amistad, como si nos reencontráramos después de mucho tiempo y hubiera unas ganas inmensas de ponerse al día; después llegó la 1 AD, con quien la conversación no pasó del mero formalismo. Y por último, Raúl, uno de los actores, con quien estuvimos bromeando sobre el hackeo al sistema informático de la UAB, ya que me confesó que iba al SAF y que, ahora, desde que todo el sistema informático estaba caído, había que ir presencialmente a pedir hora y rezar para que no te mandaran a casa porque estaba todo lleno. Después entró una chica cuyo nombre no recuerdo y estuvimos hablando sobre mis estudios y sobre cómo todo el mundo se piensa que estoy involucrado en algún tipo de formación audiovisual. Después me preguntó si nos conocíamos de antes, a lo que yo respondí con un “creo que no”, pero ella respondió con un “tú estabas en Marca de Condena, no?”. Bola de partido a su favor. Debido a mi cara de despiste y mi dubitativa afirmación de haber estado en ese rodaje, se identificó como la maquilladora —sí, la había visto la noche anterior en el mismo rodaje, pero digamos que las precarias luces de un polígono de las afueras no son el aliado ideal para quedarte con los rasgos faciales de nadie. Sí que es cierto que tuve un momento eureka y a partir de ese momento la conversación fue más fluida y me sentí con más ganas y más valentía para explicarle que no, que no estudiaba nada relacionado con la imagen, sino que estudiaba Filosofía, a lo que ella me respondió que odiaba la filosofía desde el bachillerato. Y yo, para más inri, le dije que hay muchos tipos de filosofía y que yo, por ejemplo, también odiaba la filosofía analítica, pero que, en cambio, amaba la estética y sus derivados. La cara que puso al mencionar “filosofía analítica” me dejó muy claro que antes de las nueve de la mañana —y menos cuando se espera un día intenso de trabajo por delante— no es el mejor momento para mencionar una de las ramas más hardcore de la filosofía. Después siguió la conversación sobre temas más banales y aptos para esa hora y así seguimos hasta que Pol nos indicó que ya teníamos que irnos para la localización.

La localización estaba a diez minutos en coche de la casa y era una especie de caminito de tierra, con una cadena en la entrada para evitar el paso de coches, por lo que había una importante afluencia de gente corriendo y yendo en bici. Era el típico sitio al que llevarías a tus hijos un domingo. A mí me preocupaba que el sitio estuviera tan concurrido, pero parecía ser el único, así que no dije nada y seguí la corriente de confianza que inundaba al resto. Descargamos todo el material —que no era poco— en una especie de “cuneta del camino” mientras director y DoP empezaban a detallar los planos del rodaje. La primera parte que se tenía que grabar iba a pasar dentro del coche, así que no importaba mucho la gente de fuera, porque solo se veía un plano interior. Puede parecer tranquilizador evitar rodar en el camino en plena mañana, pero creedme, rodar dentro de un coche es de las cosas más jodidas que se te pueden ocurrir, porque todos los coches parecen grandes hasta que, o te vas de viaje con la familia y resulta que no te caben las maletas, o tienes que meter a dos actores, el director, el DoP, un micrófono, dos cámaras y un foco. Entonces te preguntas si es muy descabellado que el protagonista tenga un camión. 

La mayor parte de la mañana estuve haciendo fotos del montaje de todo el material: un foco por aquí, un trípode por allá, ahora el cable del micro y ahora la lente de la cámara. La decisión de grabarlo todo en angular dificultaba la tarea, pero, sobre todo, lo que fue complicado fue el tener que dejar el micrófono dentro del coche sin que se viera. Al ser un plano frontal, los actores no podían llevar un micro de corbata, así que el DoP y el sonidista tuvieron que apañar un método para sostener el micro escondido detrás de un asiento, medio aguantado con una sudadera y con varias bridas y, sobre todo, con mucha fe volcada en dicho montaje. Al final aguantó. Lo que más me gustó fue montar un soporte en el capó del coche para aguantar la cámara. No lo había visto nunca y la verdad es que gracias a ese “Spider-Man fílmico” salieron algunas de las mejores fotos del rodaje. 

Cuando ellos se fueron a rodar, la mayoría del equipo nos quedamos sentados entre un tronco que había y unas sillas de camping que había traído uno del equipo. Como no podíamos hacer nada más que esperar y daba la coincidencia de que la semana anterior había sido el Festival de Sitges, algunos se pusieron a discutir sobre las mejores películas que habían visto en el festival. Yo tendría que haber ido, pero al final me dio pereza porque, al no tener coche, la idea de pasarme cada día entre cuatro y cinco horas en un tren no resultaba demasiado seductora. Estuve un rato pensando en cómo habría reaccionado si me los hubiera encontrado en alguna de las instancias del Festival, qué habría pensado de ellos, si me habrían caído bien o no. Pero justo después, como una idea cartesiana, con su imposición clara y distinta, me dije a mí mismo que, sinceramente, no habría pensado nada de ellos, simplemente los hubiera ignorado como uno ignora un montón de cosas a diario. Hice un par o tres de fotos de la conversación y me introduje en ella para salir a la defensa de Dune. La chica de mi lado dijo que Dune le pareció un tostón increíble y yo, por el contrario, que aún estaba en éxtasis por la maravilla de película que se había marcado Villenueve, dije que a mí me parecía la mejor película del año. También defendí a Villeneuve contra todos los males y el chico que estaba delante de mí, en una especie de opinión cruzada, dijo que Dune le parecía una obra maestra en cuanto a fotografía y una muy buena película en general. Entonces pensé “así es como se deben sentir los atletas que quedan segundos en la carrera, pero acaban ganando el oro por descalificación del primero”. Era algo triste, aunque en mi cabeza Dune tenía los tres escalones del podio. Después nos pusimos a hablar de Edgar Wright, ya que uno de los del equipo había visto Last Night in Soho en Sitges y en una especie de sentimiento unánime todos acordamos en que, a pesar de que la última cinta del director británico era muy buena, su mejor película, la más pulida de todas, era Baby Driver. Como si fuera una nota a pie de página, el de sonido dijo que, aunque las críticas de Last Night in Soho que habían salido de Sitges por lo general eran muy positivas, solo otra película había recibido una ovación por parte del público. Y, cuando estábamos en pleno auge de conversación cinematográfica, llegó el coche y todos salieron a por él, como si un enfermo desangrándose entrase por la puerta de un hospital. 

Se ve que la cosa había ido bien, pero habían tardado más de lo previsto y aún faltaban cosas por grabar, así que, bueno, lo de bien era relativo. Yo le pregunté a Pol qué tal había ido la cosa y me dijo que muy bien y que ahora tenían que grabar otra escena en el coche. El equipo se apresuró a hacer los cambios necesarios en la cámara e iluminación, el de sonido cambió la batería de la grabadora mientras se quejaba de lo poco que duraban y yo iba pulsando el disparador para documentar todo el proceso técnico de lo que implica grabar en un coche. Cuando en un momento me senté en el asiento del piloto para tomar una foto angular del DoP, que estaba sentado justo a mi lado, sin saber muy bien cómo, acabé siendo doble de luces. El iluminador me pidió que me quedase donde estaba para poder ver cómo se reflejaba la luz dentro del coche. Yo, obviamente, lo hice sin decir nada. Hubo un momentáneo conflicto de intereses entre el iluminador y el DoP, ya que uno quería una cosa y el otro le decía que eso era imposible porque si no el foco salía en plano y, claro, yo seguía ahí, sentado, sin decir nada y haciendo como que podía encontrar la solución. Después de un buen rato, el iluminador se percató de que yo seguía ahí y me dijo que ya había acabado conmigo, que podía irme y se rio a modo de disculpa. Yo le dije que no pasaba nada, que me sentía bien ahí y me reí también. Luego salí, saqué fotos desde el frontal del coche y se volvieron a grabar. Antes de irse a dar vueltas de nuevo por el polígono, la 1 AD les dijo que íbamos bastante mal de tiempo y que tenían, como mucho, quince minutos para grabar. No sé realmente cuánto tardaron, si cumplieron con el límite o no, la cuestión es que nuestro debate cinéfilo se había fragmentado ya para siempre y no lo pudimos retomar. Esta vez, cada uno estaba sentado a su bola, como si la conversación no pudiese fluir y yo me puse con el móvil a revisar qué había por esos bajos fondos del internet llamados Twitter.

Cuando volvió el coche todos se sincronizaron perfectamente para empezar a desmontarlo todo, cambiar pilas y baterías, y reorganizar la disposición del coche para la siguiente escena. El punto positivo era que ahora ya no se necesitaba grabar en marcha, sino que todo pasaba con el coche parado, lo cual facilitaba muchísimo la tarea; el punto negativo era que era casi mediodía, se había nublado e íbamos tarde. Recuerdo que mientras el DoP le indicaba a un chico que desmontase la cámara para el soporte del coche y la montase en el gimball, yo me percaté de que había llegado una chica nueva, una pelirroja con los labios a juego con el pelo, y que estaba apoyada en una barandilla que guiaba la entrada al camino, sin decir nada. Al principio pensé que no podía ser tan despistado como para que hubiera estado con nosotros desde la mañana y no la hubiese visto, y luego vi que había un coche nuevo aparcado y me tranquilicé al descartar problemas de memoria graves. Luego me enteré de que era la montadora y mientras el resto del equipo iba montando lo necesario para la siguiente escena, yo me puse a hablar con ella. Me contó, efectivamente, que era la montadora, y yo bromeé sobre el placer que debe suponer trabajar a contrarreloj. Ella rio y yo dije algo como disculpándome —no sé muy bien por qué ni de qué, pero lo hice. Luego me dijo que ella había venido a recoger los discos duros de la cámara y que se los iba a llevar a casa de Pol para empezar el volcado al ordenador y así ahorrar tiempo. Cuando dijo eso me iluminé cual filósofo medieval tocado por la mano de Dios y pensé que sería mi única oportunidad de comer algo decente. (Pequeño paréntesis de explicación: resulta que, por la mañana, con las prisas y todo, me había dejado la tortilla precocinada en casa de Pol y me había llevado un táper de pasta sola, lo cual no es que sea un deleite para el paladar. Me daba una tremenda pereza comer eso, en medio del campo y además sin poder ponerle atún ni nada, así que desde primera hora me había rondado por la cabeza la posibilidad de volver a casa de Pol a comer. Pero claro, no dependía de mí, ya que no iba a caminar por la nacional durante media hora solo por una tortilla. Así que la llegada de la editora y su promesa de volver a la tierra prometida me llenó de amor y me devolvió la fe. Fin del paréntesis). A ella no le dije todo eso, sino que se lo resumí en una versión más breve y dramática y le dije que me había dejado la comida, así que, si no le importaba, cuando fuese a casa de Pol, que me avisara y me iría con ella. Me dijo que sin problema, y yo se lo agradecí. Otra victoria.

Media hora después, volvían a estar grabando, y media hora después, ya habían recogido dando por finalizadas las tomas de la mañana. Así que nos montamos en el coche de la editora, al que se sumó el Dop, y nos fuimos a casa de Pol. Nada más llegar, ellos se fueron al garaje, donde tenían ya el set de montaje más o menos montado y yo subí las escaleras para ir al piso. Estaba la novia de Pol, a quien no había visto en la vida, así que la saludé y acepté de buen grado la ayuda inmediata que me ofreció con la comida. Me sacó una sartén, el aceite, los platos y algo que ahora no recuerdo y me dijo que, si necesitaba algo más, ella estaría en el comedor. Creo que estaba dibujando, pero tampoco me atrevo a afirmarlo. Lo que sí sé es que tenía la postura de estar dibujando o escribiendo. Puse la tortilla en la sartén —no sin pasar por alto la oportunidad de hacer patentes mis nulas habilidades culinarias y partir la tortilla en dos en el sutil, pero complicado movimiento de moverla de su envase de plástico a la sartén—, encendí el fuego y me senté a esperar. Cuando llevaba cinco minutos la saqué, la volví a fragmentar en su emplatado, cogí un tenedor y empecé a comer sentado en una esquina de la mesa bajo la ventana. La parte de fuera de la tortilla se había calentado, pero la parte de dentro no, y comer eso era como pegarle bocados a unos baños turcos. Al principio me resigné y seguí comiendo, pero al cabo de un rato me dije a mí mismo que no había vuelto a casa para comer un Twister térmico y volví a meter la tortilla en la sartén. Esta vez la perforé por varias partes con el tenedor y me aseguré de que se calentaba correctamente moviéndola por la superficie de la paella y dándole vueltas. Al cabo de cinco minutos más la saqué y le pegué un bocado para ver si mi esfuerzo había tenido resultado y, pista: sí. Me invadió una extraña sensación de placer al notar como todo el grosor de la tortilla tenía la misma temperatura y cada bocado ya no era una ruleta rusa térmica. Fui comiendo hasta que no pude más y dejé un último tercio en el plato. Lo arrinconé todo en la pared, me levanté, cogí un cargador y me tumbé en el sofá por el lado más cercano a los enchufes y me quedé ahí hasta que el DoP y la editora tuvieron que despertarme para volver a las andadas. La novia de Pol se rio y me ofreció que me quedase en el sofá descansando toda la tarde, pero lo rechacé.

De nuevo en el rodaje, la tarde fue mucho más tranquila que la mañana. A mi me sorprendió ver esa calma en el equipo, ya que todo lo que no se acabase esa misma tarde —y recordemos por esas fechas la luz empieza a escasear sobre las siete— no iba a incluirse ya en el metraje final, así que tenía que rodarse todo sí o sí en el tiempo que el sol quisiera aguantar. Para cuando llegué, habían ensayado ya una escena en la que bajaban del coche y llevaban al rehén a otro sitio donde no le esperaba precisamente un campo de rosas y ahí pasaban cosas que no puedo contar en horario infantil. El actor, que hacía de cura secuestrado, ya había llegado y estaban discutiendo con él cuál sería la forma más correcta y realista de vendarle las manos a la espalda. Ensayaron un poco más la bajada del cura del maletero para tener clara la dinámica de pesos y contrapesos que debía ejercer cada actor y así evitar posibles lesiones y ya se pusieron a grabar. Finiquitaron la escena en unas cinco tomas y pasaron a rodar el contraplano de la misma (lo que se supone que ve el actor que en ese momento está enfocado por la cámara… que vendría a ser la cámara). Tardaron un poco más en grabar esa toma porque tenía que vigilarse que no se viera que el cura no llevaba los pies atados, pero tampoco nada alarmante. Lo que sí que nos alarmó fue que para la siguiente escena tenía que moverse todo el material y todo el equipo a una especie de paseo que había detrás de unas cañas altas que envolvían el camino, y la luz se estaba yendo. Todos se pusieron en marcha en una especie de procesión cinéfila y cada uno cogió lo que debía como si le fuera la vida en ello y lo empezaron a mover de un lado a otro con precisión y rapidez. Aquí siento deciros que no puedo detallar más la escena, no por spoiler u otros temas, sino porque, básicamente se necesitaba a todo el equipo para rodarla y, como no iba a grabarse dónde estaba el material, me pidieron que, por favor, me quedara ahí sentado vigilando mientras ellos finiquitaban el cortometraje. Así que ahí estaba yo, bajo un cielo lila que se iba apagando, mientras me tomaba la libertad de comer tantas galletas “Príncipe” como quisiera a modo de recompensa por mi guarda. Todos mis movimientos, durante la hora que estuvieron grabando, se limitaron a alejarme unos pocos metros de la silla de pesca que aún seguía montada para buscar alguna composición interesante con el cielo y las ramas de los árboles; por lo demás, me quedé en la silla impasible como un monje budista.

Cuando todos volvieron, les invadía una alegría que me ahorró la pregunta de si habían podido terminar a tiempo, la respuesta estaba clara. Pol se paró junto a mí y me preguntó qué tal había ido, y le dije que había sido tranquilo. ¿Era muy absurda la respuesta? Supongo que nunca lo sabremos. Luego me preguntó si podía sacar unas fotos al resto de actores para el cartel y, como la luz ya casi era anecdótica, nos fuimos a la zona más abierta del camino y cambié la lente a un 50 mm f/1.8 analógico de Canon. Les hice un par de retratos a cada uno de los actores, alternando entre plano medio y primer plano y con diferentes expresiones y poses. Después de eso nos despedimos del resto del equipo, de los actores y nos fuimos a casa de Pol para hacer las fotos para el cartel. La idea era hacerla en una especie de estudio que él tenía montado en su garaje, con un fondo liso, pero fue imposible porque justamente era la habitación donde habían montado todo el tinglado para editar, y no se podía mover la cama que tapaba la mitad de la lona blanca, así que en un intento por salvar la situación, decidimos hacer las fotos en el comedor, aprovechando una lámpara flexible que tenía toda la pinta de ser de Ikea y unas cortinas blancas al fondo para recrear la sensación de “estudio”. Al principio las hice con el 50 mm, pero luego pasé al 35 mm para dar algo más de contexto y amplitud. Junto con el director estuvimos probando varias poses (de pie y sentado), varios ángulos y varias posiciones contorsionistas de la lámpara de Pixar. Al final dimos con una que, más o menos, a todos nos gustaba: Pol sentado frente a la cámara, con la mirada bajada, una iluminación lateral que le tapaba la mitad de la cara que tenía concentrada en la pistola. Pol ya había enfatizado mucho en que lo importante era que se viese el arma y el alzacuello. Cuando acabamos, esas nos gustaron y parecían ser las indicadas para el cartel, el director también les dio el visto bueno, pero ya que estábamos, probamos un par de encuadres y poses más en el recibidor. Para ello, encendimos la luz del comedor y ajustamos la puerta, de forma que se colaba un halo de luz que iluminaba la mitad de Pol sentado en una silla acariciando su arma. Cuando terminamos con esto, y tuvimos material ya suficiente, hicimos un último repaso por la pantalla de tres pulgadas para comprobar que habíamos explotado y todas las posibilidades que un comedor, unas cortinas y una lámpara nos daban y lo dimos por finalizado. Después de eso, me despedí de todo el mundo y me fui para el tren. La razón por la que no me quedé a dormir esa noche era porque prefería poder editar las fotos en casa y que, al acabar, ya estuviera en casa tranquilo y no tener que cargar con el peso de no poder descansar del todo.

Al llegar me fui a editar a casa de Jordi y cené un arroz con pollo precocinado que aún estaba en la mochila. En total le entregué a Pol unas siete opciones, todas editadas en blanco y negro y que eran las mejores versiones de todas las ideas que habíamos ido barajando junto al director. Se las mandé por WeTransfer y al cabo de nada me llegó la notificación de que las había descargado. Me lo agradeció, yo le dije que el placer había sido mío y les deseé suerte con el montaje. A este mensaje no me respondió.

Axel Casas

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