La abstinencia de una droga tan normalizada como la nicotina tiene síntomas como el estrés, la ansiedad o la tristeza profunda

Nunca había consumido nada por la nariz. Al principio fue extraño y el polvo no entraba. Había dibujado una raya que creía perfecta, pero que, al inhalar, hallé demasiado gruesa. La partí en dos. Inhalé por segunda vez. Lo conseguí. Sentí casi al instante el placer en polvo penetrar en mi sistema nervioso. Recuperé, de inmediato, las ganas de socializar. De salir de casa. De hacer algo con mi vida. Fue como si de golpe alguien me hubiese pinchado una jeringuilla de buen rollo y “pum”, una sobredosis de tranquilidad.

Era nicotina. En aquel instante llevaba 36 horas sin fumar. Me había mordido todas y cada una de mis uñas, antes adornadas con una manicura semipermanente. No había hablado con nadie en todo el día. Todo me daba asco. Estaba exageradamente de mal humor. Sentía una ansiedad creciente y me había despertado, tras una noche de abstinencia, casi sin poder respirar. Para colmo, tenía muchísimas ganas de llorar. Sólo sentía que quería morirme.

Hace cuatro años que soy fumadora y nunca lo he dejado. Esta vez tampoco, pero por recomendación –prácticamente obligada– de E. M., mi cirujano, que me extrajo las muelas del juicio y parte del hueso y de la encía que las cubre, debía esperar tres días, 72 horas, hasta volver a tener el bendito humo penetrando en mis pulmones. “Vas a pasarlo fatal con esta operación, cuídate porque te dolerá muchísimo”, me advirtieron varios conocidos. ¿Dolor? Me la sudaba el dolor, lo que de verdad me jodía era no poder encenderme un puto cigarro. Después de día y medio aguantando “para que no se me infecte”, decidí que se había acabado tanta tontería y le pedí a una amiga que me llevase al estanco. Compré tabaco de esnifar y me fui a casa.

Aunque soy consciente de que me fumo un cigarro cada hora y media, hasta que no sentí el síndrome de abstinencia y me vi, en el comedor de mi piso, esnifando nicotina como si me fuese la vida en ello –y es que me iba la vida en ello– no me había planteado que soy adicta al tabaco. Un amigo me explicó hace tiempo que la nicotina es, después del caballo o la coca, la tercera droga más adictiva, pero su consumo está tan normalizado que me hizo falta verme tan en la mierda como para percatarme de la gravedad del asunto.

El tabaco está totalmente incorporado en la vida de un fumador. Fumamos con el café del desayuno. Fumamos durante la pausa entre clase y clase. Fumamos yendo para casa, para acortar las esperas o mientras leemos el periódico. Fumamos a todas horas, pero cuando no podemos fumar la vida cotidiana se vuelve un suplicio. “No te dijimos de quedar porque sabíamos que no podías fumar, y no íbamos a hacerte esa putada”, me dijo una amiga en el ecuador de mi jornada sin humo. El tabaco también forma parte de nuestra vida social, y es que quedar con unos amigos para charlar ya es un motivo de peso para consumir esta droga.

A parte de su adhesión sistemática en nuestra cotidianidad, la normalización de la nicotina es otra de las problemáticas que acarrea. Igual que la marihuana, la cocaína o el cristal, esta substancia constituye una droga que causa adicción y tiene efectos nocivos en nuestro organismo. Otras drogas están mal vistas e incluso se han creado distintos estigmas a su alrededor, pero un cigarro ya no sorprende a nadie. Vemos niños y niñas menores de edad fumando en las calles o de fiesta.

“Fumar puede reducir el flujo sanguíneo y provoca impotencia”, “fumar provoca cáncer mortal de pulmón”, “el humo contiene benceno, nitrosamina, formaldehído y cianuro de hidrógeno” o sencillamente “fumar mata” son algunos de los mensajes que podían leerse en las últimas cajetillas de tabaco que recuerdo haber fumado. Nos lo advierten constantemente, nos lo recuerdan en cada calada, en charlas en los colegios y en la televisión. La nicotina perjudica la salud a corto y a largo plazo y, aun así, todos conocemos a alguien que fume.

Mi cirujano me había dicho que, si fumaba, la infección bucal estaba asegurada. Y aquí estoy, escribiendo esto, a 24 horas de cumplir mi reto, con un cigarrillo en la mano. Echaba de menos el humo acariciando mi garganta como quien añora un abrazo o un beso largo. Nunca he tenido una infección bucal, pero no puede ser peor que el síndrome de abstinencia. “Pus acumulado en la encía o en la raíz dental, inflamación del rostro y de los ganglios linfáticos, dolor intenso, fiebre y un olor y sabor desagradables” son algunos de los síntomas que mi cirujano me explicó que tendría si fumaba, y yo elijo, sin pensármelo, la infección. ¿Las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes nicotina?