Capítulo 1: Voy a morir.

He decidido ir al psiquiatra tras días encerrada en casa por lo que me diagnosticarían como una “crisis de ansiedad y pánico” fuerte. La solución para erradicar los síntomas de este trastorno de la salud mental es fue empezar a tomar antidepresivos. 10gr de Escitalopram por la mañana y Nobritol por la noche, para ser más concreta. Pero, como siempre, antes de tomar una decisión importante consulté fuentes fiables con nombres como “cuidatusalud.com”, “blogparamujeres.es” o “enfamilia.org”. Parece que, a pesar de mostrar un efecto a largo plazo, los antidepresivos podrían salvarme de este túnel sin luz al final, pero las instrucciones no dicen lo mismo. ¿Cómo iba a desobedecer la voz en off de los anuncios que dice “lea las instrucciones de este medicamento y consulte a su farmacéutico”?. Y así lo hice, leí con más atención de la que debería el pergamino que acompaña los dos blísters de pastillas de colores.

Y por si no estuviera suficientemente preocupada por las fobias de impulsión y los pensamientos extraños el papelito de fumar enorme me dice algo así como: la toma de antidepresivos puede aumentar los pensamientos suicidas. El pálpito se me acelera, me sudan las manos y la visión se me emborrona al mismo tiempo que intento volver a doblar el maldito papel que ha predecido mi futuro no muy lejano.

Desayuno de campeones. Foto de Mariona J. Batalla

Capítulo 2: Esto no funciona.

Cada vez que tomo una pastilla, incluso antes de que el fármaco empiece a hacer efecto, mi cuerpo empieza a generar una situación de pánico. Empiezan los temblores, la despersonalización, el vértigo, el miedo irracional y el bloqueo físico y mental. No entiendo por qué la sustancia que debería apaciguar mi ansiedad me la duplica.

El doctor Sarró dice que los efectos terapéuticos de los fármacos antidepresivos no son inmediatos, que generalmente se manifiestan a partir de los diez-veinte días desde el inicio del tratamiento. Y entonces mi mente piensa “¿tendré que estar encerrada en casa durante más de diez días más?”. Pues sí. Diez, quince, veinte y los que hagan falta hasta encontrarme bien, fuerte, segura. Otra vez yo.

Así que a pesar de sus efectos secundarios, continúo el tratamiento –de más de tres pastillas diarias– porque sé que sus efectos son a largo plazo, aunque en el clímax del pánico me cuesta racionalizarlo.

Como poco, todo me da náuseas. No puedo ir sola ni siquiera al baño, el vértigo se me come, el temblor me desmorona y siento una pena intensa en el punto exacto entre el pecho y la espalda que me obliga a cuestionar mi existencia constantemente. Pero el Dr Sarró -Salvador Sarró- me ha advertido de que la primera fase del tratamiento es dura, que los síntomas se intensifican y que probablemente no dé con la dosis perfecta hasta pasados un par de meses, así que espero.

      Capítulo 3: Me equivoqué.

Pasadas las semanas empiezo a sentirme mejor. Puedo salir al balcón sin pensar en el abismo, y aunque la calle aún me genera respeto me pregunto si será casualidad que mi psiquiatra se llame “Salvador”.

He ganado peso, he recuperado el apetito y he dejado de alimentarme únicamente de mandarinas y sopa. Parece una tontería, pero ando sola por la casa sin llorar y el temblor es cada vez menor. No me da miedo dormirme y las dificultades en conciliar el sueño se han vuelto en un estado de “K.O” al poco rato de tomarme el Nobritol. No sólo duermo, sino que siento que descanso realmente, y aunque los sueños cada vez son más oscuros y reales, vivo con ello.

      Capítulo 4: Soy inmune a los efectos secundarios.

Salva –ya me he tomado la confianza de llamarle así– me pregunta cómo me encuentro. Le respondo que bien, que no siento efectos secundarios. Tengo el ciclo menstrual regular, se ha reducido la sensación de somnolencia, no tengo sequedad buscal, ni halitosis, ni estreñimiento, ni migrañas, ni mareos. Soy inmune a los efectos secundarios. O no.

“Sí que es verdad que la líbido la tengo por los suelos”.

Hombre –me responde Salva– la pérdida del apetito sexual es uno de los efectos secundarios más notables del Nobritol.

Para más inri, aumentamos la dosis: 20gr de Escitalopram me ayudarían a eliminar los resquicios de fobias que aún residían en mí.

Los tatuages son marcas que nos recuerdan cosas importantes que nos han pasado en la vida. Mariona se ha tatuado una pastilla de Nobritol para normalizar su situación y aprender a vivir con ella. “Como un amor o un desamor”. Foto de Mariona J.Batalla

Capítulo 5: Claro que me gustas, pero no me apetece follar.

Me enfrento al ego masculino una vez más, sólo que esta vez metida en el cuerpo de una chica que se está tomando unas pastillas que le generan variaciones hormonales. A pesar de estar emocional y físicamente estable, he notado cambios en mí y la pérdida de la líbido es de las más notable.

Me enfrento a menudo a situaciones en las cuales el contacto físico me incomoda –no sólo en un contexto sexual, si no amistoso o incluso familiar– y me desorienta. Me considero una persona sexuada y con inquietudes en el ámbito afectivo. La pérdida de la líbido me lleva a hacerme preguntas tan simples como “¿por qué?” hasta preguntas más complejas como “¿soy una persona asexual?” o un cuestionamiento global de mi identidad.

Con el tiempo descubrí que el problema no residía en la pérdida del deseo sexual si no en la construcción de mi identidad que había hecho. En términos sexuales siempre he hablado con el verbo “ser” sin concebir la sexualidad como un factor cambiante en nuestra naturaleza. Entendí que autoconvencerse de lo que somos nos lleva a más contradicciones y conflictos internos que seguridad de quienes somos realmente. Porque no somos nada más que emoción, razón y un cúmulo de carne y hueso al que no le queda otra opción que sucumbir al cambio. A mí me gusta llamarle “evolución”.

      Capítulo 6: ¿De mis mayores virtudes? Desobedecer.

En la primera consulta con Salva, junto a las recetas médicas me entregó un papel con información sobre la ansiedad y la depresión. Había un listado de posibles actitudes y pensamientos que podría desarrollar y una serie de consejos para enfrentarlos. Uno de los puntos remarcados de estas sugerencias era: No tomar decisiones importantes durante la toma de antidepresivos.

Dejé a mi pareja. Después de mucho tiempo pensándolo llegué a la conclusión de que estaba forzando una situación que realmente no quería. Lo que realmente deseaba era sensación de libertad, autosuficiencia y tiempo completo para mí –aunque luego no se cumpliera–. Mi relación nunca se había basado en la posesión, el control, el paternalismo o el chantaje, pero no os podéis imaginar el exceso de reflexión que bombardea una mente ansiosa.

      Capítulo 7: Todo es culpa de las tiroides. Siempre.

Vuelvo a tener síntomas de ansiedad más habitualmente de lo que hubiera querido: taquicardia, temblor en las manos, despersonalización… Pero no puede ser ansiedad, porque me estaba medicando, así que -como siempre- culpé a las tiroides.

Hace tres años me diagnosticaron hipertiroidismo: un trastorno de las glándulas tiroideas que produce un aumento de la producción de hormonas, por lo cual se acelera el metabolismo y puede generar síntomas parecidos a los de la ansiedad -e incluso ansiedad-. De hecho, este fue uno de los posibles diagnósticos antes de que Salva hiciera el definitivo: ansiedad crónica. Así que antes de saber esto, todo era culpa de las tiroides. Y después, parece que también.

      Capítulo 8: Ya no me quedan excusas.

A pesar de tener diagnosticada la enfermedad de Graves -un tipo de hipertiroidismo de origen autoinmune-, tras dejar la medicación durante seis meses aproximadamente, en el último análisis de sangre salió todo bien. Incluso tras más de un año de dejar el consumo de carne, todo estaba bien: nada de anemia, nada de falta de vitaminas, B12… Na-da.

Esto generó en mí una doble moral: por una parte eso significaba que estaba sana y a salvo de análisis de sangre trimestrales, pero por otra parte eso suponía que no tendría excusa para justificar mi hipocondría.

      Capítulo 9: Después de todo, sigo viva.

No me doy cuenta, pero han pasado seis meses y sigo viva. Puedo enfrentarme a las vías del ferrocarril sin fantasear con la muerte, las aglomeraciones no me generan náuseas y valoro la salud mental más que en ningún otro momento en mi vida. Me siento fuerte y agradecida: con el tiempo, conmigo misma, con mi madre, con Arnau, con Salva y su secretaria Maria.

Me tomo la vida menos en serio, entiendo que soy una persona cíclica y me respeto, desarrollo una actitud mucho más positiva y etiqueto mi perspectiva existencial como “nihilismo optimista”. Amo la vida, me permito enamorarme e intento vivir en el ahora.

Después de todo, sigo viva (o eso parece).

*Gracias a mama, Arnau, Salva y Chen por todo el amor y apoyo.

Os debo la vida en el sentido más literal de la palabra.

Written by

Mariona J.Batalla

hola soc una descripcio de una persona feminist guai que fa fotos guais i li agrada el punk